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Pensando

Hablar lo es todo

Los otros días, Galatea contó que le dijeron:
Hablar lo es todo


Conozco mucha gente que se lo toma bastante a pecho, habla hasta por los codos. Y también conozco gente que, seguramente, jamás lo ha escuchado porque - con un poco de suerte - no articulan más que monosílabos. Por mi parte, pertenezco a los dos grupos; todo depende del área sobre la que se esté hablando.

Los que me conocen un poco saben que jamás me faltan palabras para hablar de lo que sea. Palabras más o menos coherentes, pero palabras al fin. Pero cuando es algo personal, que tenga que ver con los sentimientos, con algo extremadamente personal... repentinamente soy mudo. Nunca fui de contarle a nadie las cosas mías, no porque me avergonzase hacerlo (que de hecho sí me da cosa) sino porque creo que la gente tiene demasiados problemas como para, además, tener que compartir la carga de los míos. Prefiero, en cambio, estar del lado que pone el oído.

Por suerte, de a poco - por las malas obviamente - sigo aprendiendo que es muy útil hablar de esas cosas. No sólo porque al hablarlo la carga se hace más ligera, sino también porque los demás tienen una visión distinta de las cosas. El cambio de perspectivas, el tener una opinión distinta a la propia, puede hacer maravillas. Y si eso no es suficiente, el simple hecho de saber que hay un hombro incondicional es una sensación inigualable. En pocas palabras: te hace sentirte querido.

Seguramente todos hemos estado de los dos lados en algún momento en nuestras vidas. Este post, entonces, va dedicado a los que se ofrecieron de pañuelo cuando lo necesitamos.

1 comentario

Marta -

Y estamos siempre en las mismas, es mi preocupación, el poder y saber decir las cosas. Poder hablar y sentirme escuchada. Con paciencia, y un pañuelo ;)